Yo te invito

 

Entonces el señor respondió: “Ve por los caminos y las veredas, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa.

Lucas 14:23 NVI

(Énfasis del autor)

 

¿Qué lugar es el nuestro en la parábola hoy?

Al terminar esta semana de devocionales pensemos en nuestro rol de colaboradores, de siervos del dueño de la casa.

 

Vos y yo conocemos el corazón del Amo. 

Somos los que muchas veces entramos en contacto con el rechazo, con las excusas, con la indiferencia. Y también con la sorpresa de los que nunca esperaron ser invitados.

Somos los mensajeros de buenas noticias. Los que llevan esperanza a los menos tenidos en cuenta. Eso cambia todo, cambia nuestra mirada, nuestra expectativa dentro del Reino, cambia nuestro rol. Porque cuando sos siervo, tu motivación no es convencer por tu carisma. Es cumplir la orden del que te envió.

 

Quizás todavía te sientas un invitada/o.  Si no asumiste tu lugar o no te sentís preparado/a para buscar a otros, son ellos los que se pierden el banquete.

 

Cuando realmente entendemos que representamos a Papá y su inexplicable amor, cada persona que encontramos puede y debería ser un invitado.

Cuando el amo le dice al siervo “forzalos a entrar”, está describiendo la manera en que debemos trabajar en el Reino. Con pasión, siendo intencionales y responsables de la vida del otro.

 

Al Padre le dolió ver la mesa vacía por eso se enojó: «Sal pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos».

 

Hoy nosotros tenemos que cumplir sus deseos:

Con urgencia: «Sal pronto». Esperando a los que nadie quiere: Pobres, mancos, cojos, ciegos. Los que no pueden devolverte el favor. Los que huelen mal. Los que estorban en la plaza. Mostrando abundancia: «Para que se llene mi casa». Quiere la casa llena. No hay cupo limitado.

 

Nuestro trabajo no es cambiarlos. Es invitarlos, insistir, atraerlos. Mostrarles misericordia y compartir el mensaje de esperanza. Aunque desde el principio, muchas veces, nos choquemos con el rechazo, nuestra misión no cambia. No te frustres. No lo tomes personal. No te rechazan a vos. Vale la pena salir a buscarlos

 

Vos y yo también queremos la “casa llena”. Deseamos compartir la alegría. Deseamos ver el fruto de la oración. La tarea muchas veces es difícil y solitaria, pero cuando la mesa está llena, cuando los invitados son saciados y reciben nueva vida somos como aquel que se describe en la Palabra, que “siembra con lágrima, pero vuelve con alegría”.

 

Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas»

Salmo 126:5-6

 

Ruth O. Herrera