Mis pensamientos en las manos correctas

Mis pensamientos en las manos correctas

En el devocional anterior hablamos de algo muy importante: el amor de Dios no se puede comprar con nuestras buenas acciones. No tenemos que hacer un montón de cosas para conseguir que Dios nos ame. Él ya nos ama.

Pero entonces… ¿qué hacemos con ese amor?

El versículo de hoy nos invita a entregarle a Dios algo muy importante: lo que pensamos.

¿Por qué nuestros pensamientos? Porque cuando alguien nos ama de verdad, quiere lo mejor para nosotros. Y Dios nos ama tanto que quiere cuidarnos y enseñarnos a vivir de la mejor manera.

A veces nuestros pensamientos están tranquilos y llenos de cosas lindas. Pero otras veces podemos sentirnos tristes, enojados, lastimados o confundidos. ¿Te pasó alguna vez?

Quizás alguien dijo algo que te hizo sentir mal. O te enojaste con tu hermano. O hiciste algo porque tenías muchas ganas y después pensaste:

“Uy… esto no tendría que haberlo hecho.”

Nuestros pensamientos pueden llenarse de un montón de cosas.

Por eso me gusta imaginar a Jesús como el mejor experto para ayudarnos.

Si estás lastimado, Jesús sabe cómo cuidarte.

Si estás enojado, sabe cómo enseñarte a manejar ese enojo.

Si estás confundido, sabe cómo guiarte.

Y si hiciste algo que estuvo mal, puede ayudarte a reconocerlo, pedir perdón y empezar de nuevo.

Jesús nunca nos trata con apuro o desprecio. Lo hace con amor, paciencia y cuidado.

Hay algo que Jesús dijo que también nos ayuda a entender esto:

“De la abundancia del corazón habla la boca.”

Mateo 12:34

¿Sabés qué significa?

Que muchas veces lo que tenemos adentro termina saliendo por lo que decimos.

Si estoy lleno de enojo, probablemente mis palabras sean enojadas.

Si estoy triste, quizás hable con tristeza.

Si tengo amor y gratitud en mi corazón, también se va a notar en lo que digo y en cómo trato a los demás.

Por eso necesitamos cuidar nuestro corazón, nuestros pensamientos y, sobre todo, dejar que Jesús los cuide y los transforme.

Y el versículo de hoy nos deja una segunda enseñanza: “No pierdas de vista mis caminos.”

Es como si Dios nos dijera:

“Mirá hacia mí. Seguí mis caminos. No te alejes. Yo voy a guiarte.”

Porque cuando estamos cerca de Jesús, nuestros pensamientos también empiezan a ir en la dirección correcta.

Y acá está lo hermoso: no hacemos cosas buenas para conseguir el amor de Dios. Las hacemos porque ya conocemos su amor y queremos caminar con Él.

Es una combinación poderosa:

Nuestros pensamientos en las manos de Jesús.

 Y nuestros pasos siguiendo sus caminos.