Por eso, mis queridos hermanos, a quienes tanto deseo ver; ustedes, amados míos, que son mi alegría y mi premio, sigan así, firmes en el Señor.
Filipenses 4: 1 DHH
(Énfasis del autor)
El apóstol Pablo reconoce a la iglesia de Filipos como un premio en su vida, y sentía por ellos la emoción de ver el fruto de su trabajo misionero. Al hacer este reconocimiento de sus amados el termino original que usa en su carta es “stéfanos” y era el que se les daba a dos tipos de corona; una que recibía el atleta vencedor en los juegos deportivos griegos. Se hacía de hojas de olivo silvestre, entretejidas con perejil verde y hojas de laurel; y la otra era la corona que se les daba a los invitados a un banquete. Evidentemente para Pablo sus amigos Filipenses eran la corona de todos sus esfuerzos.
Desde su prisión esta declaración encierra una connotación profunda de victoria, porque a pesar de las limitaciones que sufría en su encierro Pablo disfruta y reconoce que su sufrimiento no fue en vano, y Dios prosperaba cada una de sus palabras, visitas y enseñanzas.
Por eso no dejaba de recomendarles y alentarlos a la firmeza en sus convicciones y su fe.
Me siento totalmente identificada con este primer versículo del capitulo 4… “¡cómo deseo verte!, ¡qué ganas de encontrarme con mis amigos, hermanos, pastores… con mi iglesia!
A pesar de las enormes diferencias entra la causa de lejanía de Pablo y los filipenses con mi lejanía “momentánea” con la iglesia, puedo identificar que la sustancia que nos hace estar y desear estar juntos es la misma: El compartir la misma fe, el mismo amor y la misma esperanza. Tener objetivos en común, y hasta un lenguaje que nos acerca.
¡Cómo necesitamos estar juntos!
En este capítulo Pablo, el líder y amigo, el pastor cuidadoso, sigue mostrando su interés en las recomendaciones que hace con nombre a algunos que necesitaban una palabra especial y específica, y continúa escribiéndoles de la esperanza, la eternidad y agradeciendo la ayuda que recibió de ellos.
Este capítulo es inspirador. Toda la carta trata de unidad y ánimo, pero al imaginar que estas podrían ser las últimas palabras que ellos leyeran, quizás lo último que el apóstol les diría, imagino que el deseo de verlos y compartir con ellos una mesa se agigantaría re impregnaba sus palabras de una ternura especial.
La esperanza y la visión de la vida eterna nos ayuda a afianzarnos y seguir luchando por la unidad de la iglesia sin depender del vernos y compartir los mismos espacios. Nuestra unidad se trata de “Cristo en nosotros”, de paternidad, un mismo ADN espiritual, el mismo deseo de ser bendición, de llevar las cargas del otro y luchar batallas ajenas.
Debemos afirmarnos y hacernos constantes en nuestra carrera cristiana. Hay diferencia de dones y gracias, pero estando renovados por el mismo Espíritu podemos ser hermanos inseparables, aun siendo diferentes. Estar firmes en el Señor es afirmarse en Su fuerza y por Su gracia y compacta la unidad que trasciende tiempo, espacio y circunstancias.
¡No hay nada más bello ni más agradable que ver a los hermanos vivir juntos y en armonía! Es tan agradable ver esto como oler el buen perfume de los sacerdotes, perfume que corre de la cabeza a los pies. Es tan agradable como la lluvia del norte que cae en el monte Hermón y corre a Jerusalén, en el sur. A quienes viven así, Dios los bendice con una larga vida.
Salmo 133 TLA
David utiliza dos imágenes para describir el gozo de los hermanos que, literalmente, «se sientan juntos» en armonía, y así son como un perfume aromático y el rocío refrescante de la montaña.
Mi oración es que la aparente separación u ocasional distancia no apague tu deseo de estar cerca, aunque sea por las redes. Pido a Papá que te sientas “uno” con tu iglesia, y no se seque necesidad de comunión.
Como dice nuestra placa de presentación en cada culto: “HOY MÁS QUE NUNCA LA IGLESIA ESTÁ DONDE VOS ESTÁS”
No te sientas lejos, escribinos a
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+54 9 11 7365-3067
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