Cuando el capitán oyó hablar de Jesús, mandó a unos jefes de los judíos para que lo buscaran y le dijeran: «Por favor, venga usted a mi casa y sane a mi sirviente.»  Ellos fueron a ver a Jesús y le dieron el mensaje. Además, le rogaron: «Por favor, haz lo que te pide este capitán romano. Merece que lo ayudes, porque es un hombre bueno.

Jesús fue con ellos, y cuando estaban cerca de la casa, el capitán romano mandó a unos amigos para que le dijeran a Jesús: «Señor, no se moleste usted por mí, yo no merezco que entre en mi casa. Tampoco me siento digno de ir a verlo yo mismo.

Lucas 7: 3-4, 6-7 TLA

(Énfasis del autor)

Por costumbre los maestros no podían juntarse con los gentiles, solamente podían hablar con las personas que eran “puras” o con los que no tenían ningún tipo de necesidad… y ahí está el punto, porque era un romano quien se había enamorado de este pueblo y su Dios, que es nuestro Dios. Las culturas y las prácticas del pueblo impedían todo tipo de trato porque no habían entendido… tenían los ojos velados a la revelación de la reconciliación con Dios Padre. Por esto el centurión envía a unos amigos a que intercedan por él y le digan a Jesús: “no soy digno de que entres en mi casa”.

Este militar estaba leyendo muy bien las circunstancias y entendía que no era digno, pero Jesús hacía una lectura completamente distinta y esto es evidente cuando reconoce en este hombre tal fe.

Este centurión muy probablemente había matado muchas personas, dado órdenes que tal vez iban en contra de lo que él mismo creía y de lo que pensaba, esto apoyaba su entendimiento de que no era digno.

Nosotros muchas veces también entendemos que no somos dignos de presentarnos delante de Dios porque nuestra vida no está en orden, porque estamos haciendo nuestra propia voluntad, porque las circunstancias de la vida nos han llevado a tomar decisiones de las cuales no estamos orgullosos…  Pero tenemos una libertad completamente distinta y no estoy hablando de que hagamos cualquier cosa e igualmente podemos entrar delante del Trono de Dios, estoy diciendo que ninguna cosa que hayamos hecho nos “limita” para presentarnos delante de Dios. Nada de lo que hagamos nos va a coartar nunca para ir al encuentro de Papá.

Pastor Cristian Centeno

La percepción que el centurión tenía de la realidad modificaba la precepción de sí mismo, y el considerarse impuro e inaceptable para presentarse delante del Maestro lo privó de verlo cara a cara. Su siervo recibió el milagro, los ancianos del pueblo y sus amigos vieron a Jesús y hablaron directamente con Él, vieron su semblante, sus gestos, escucharon el tono de su voz… pero aquel que había provocado el milagro por su fe nunca estuvo frente al Mesías.  Estaba tan convencido de no merecer enfrentarse a Jesús que ni siquiera lo dejó acercarse a su casa, y finalmente fue su convicción, para mí errada, que lo separó de una relación personal con el Cristo.

¡Cuántas veces nosotros mismos enviamos a los mensajeros delante de Dios! Y no solo por creer que no lo merecemos, a veces… muchas veces, porque desconfiamos de nuestra propia fe. Necesitamos, o creemos necesitar al pastor, un líder, u otra persona que consideramos más adecuada para pedir nuestro milagro.

No quiero decir de ninguna manera que no debemos pedir refuerzos o buscar la compañía de otros amigos para transitar nuestras dificultades, pero hay momentos en los que sentimos que la circunstancia es más grande que nuestra fe.

No puedo imaginarme que hubiera pasado si Jesús no hubiera reconocido la fe del centurión, que era absolutamente real. Así que el Señor aun sin verlo sanó completamente al siervo. Pero el punto es que el romano fue un desconocido para el Maestro, y un anónimo para nosotros.

Amaba tanto a su sirviente como para no dejarlo morir, aunque la ley lo avalaba para desatenderlo, pero al menos por este relato entendemos que nunca llegó a amar a Jesús, mirarlo cara a cara, reconocer su voz, o abrazarlo aun sabiendo de su autoridad y poder.

Reconocer el poder de Cristo y creer que es el hijo de Dios sin tener una relación cercana y personal no cambia de manera permanente nuestra vida. Recibir sus bendiciones, comprobar sus respuestas y tener amigos que lo conocen… no siempre es suficiente para que día a día caminemos con Él en intimidad.

El centurión se perdió la oportunidad de ir en persona a buscar a Jesús y caminar juntos hasta su casa, ver Su mirada frente al enfermo y oír de sus propios labios: “nunca vi una fe como esta en Israel” …

No te conformes con los milagros

Ruth O. Herrera

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