¡Pero benditos sean aquellos que sólo confían en mí! Son como árboles plantados a la orilla de un río: extienden sus raíces hacia la corriente, el calor no les causa ningún daño, sus hojas siempre están verdes y todo el año dan fruto.
Jeremías 17: 7-8 TLA
(Énfasis del autor)
Justo en el momento en que meditaba en que los días pasan y no siempre logro lo que espero, no provoco las decisiones que necesito tomar, y lo frustrante que es sentirme estancada, una amiga me compartió algo que me ilustró mi impaciencia por tener lo que deseo y a la vez no hacer cambios sabios.
La Biblia tiene muchas promesas acerca de la nueva vida, y los cambios y logros que puedo alcanzar, pero son muchas las veces que me apuro, no espero, me impaciento… y finalmente acciono en la dirección equivocada.
Te comparto esta hermosa poesía en la que me vi reflejada, y quizás vos también…
Al árbol le salieron patas
Al árbol le salieron patas.
Al principio fueron raíces chiquitas,
finitas,
pero puso su esfuerzo en dejarlas
gruesas y fuertes.
Tantos años en el mismo lugar,
sobreviviendo inviernos y otoños,
floreciendo en primavera
y dando fruto en verano,
ya lo habían aburrido.
“¿Más de lo mismo?
¡No, por favor!”,
pensó luego de escuchar a los pájaros
contar de las grandes aguas
que se extendían al este.
“Soy grande, soy potente
esas aguas me harán más justicia
que este río.
Quiero el brillo que ciega,
y el rugido del agua en movimiento.”
Y así, después de trabajar duramente
por muchos meses,
logró desplantarse
y comenzó a desplazarse.
En el caminó sacrificó sus manzanas,
sus ramas, sus hojas
y sus raíces más flacas.
Todo estorbaba.
Nutrió sus ojos
de nuevos colores
y se llenó de nuevos olores.
Y aunque no todos fueron sabrosos,
también probó nuevos sabores.
Y llegó. Al fin llegó.
Su horizonte se expandió
y vio partes de animales fascinantes.
Sintió el viento despeinando las últimas ramas
y vio el dorado y la plata brillar en el agua.
Pero tuvo sed.
Tuvo sed como no la había tenido antes.
Hundió sus raíces-patas buscando la tierra y sintió la arena;
desesperado, se acercó al agua
y descubrió, con horror, que era salada.
“¡Cuánto deseo mi río!
¡Cuánto deseo su agua viviente!
Era su dulce corriente
la que me hacía fuerte.
¿Para qué habré oído al pájaro,
si mi hoja siempre estaba verde?
Yo nunca dejé de dar fruto,
pero ahora estoy seco
por haberme creído autosuficiente.”
Yanett Sokur – Mayo de 2021
Dios quiere desarrollar tus capacidades, y lo más inteligente es partir de lo que tenés, ya sea una fortuna material o espiritual, o una pobreza marcada. Lo que no te conviene es comenzar pensando en lo que te falta o en lo que te frustra, basado en tus emociones y desánimo. Dios desde tu propia realidad puede darte algo nuevo, ayudarte a que renazcan tus posibilidades… hasta las que nunca creíste tener.
Los cambios son imprescindibles, pero hay que saber descubrir el tiempo, la oportunidad y sobre todo desarrollar nuestra dependencia de Papá.
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