Y les encanta sentarse a la mesa principal en los banquetes y ocupar los asientos de honor en las sinagogas.
Mateo 23: 6 NTV
(Énfasis del autor)
¡Les encanta el lugar de honor en los banquetes…!
El sentarse a la derecha o la izquierda del anfitrión de una cena, representaba la importancia de cada uno de los comensales. Y en la sinagoga, las últimas filas eran ocupadas por mujeres y niños, quienes en aquella cultura no tenían ninguna importancia en la sociedad. Esto significaba que no estar adelante era incompatible para los orgullosos fariseos. Para ellos la religión y la vanidad estaban unidas.
Ésta era exactamente la actitud opuesta que Jesús tenía, y quien lo conocía y seguía poder ver un contraste absolutamente claro.
Aunque era Dios no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano.
Filipenses 2:6-7 NTV
(Énfasis del autor)
Los que necesitan ser notados buscan el reconocimiento y el honor. Para los dirigentes religiosos a los que Jesús hacía mención, eso quería decir asegurarse de tener un lugar en la mesa principal del banquete… donde otros pudieran verlos y pensar: «Él debe ser importante; miren donde está sentado».
Todos podemos enamorarnos de las mesas principales, y es que naturalmente y casi por instinto, a todos nos gusta ver nuestro nombre en un lugar destacado.
A los niños, en su mayoría, les gusta actuar en actos escolares o ganar en los juegos y llegar en primer lugar en las competencias, y no está mal.
Es la ambición de ser superiores todo el tiempo, destacarnos en algún aspecto o sobresalir en algún área a cualquier costo, lo que nos desenfoca.
De una u otra forma, desde la niñez fuimos estimulados a esto, en la escuela no siempre se premia el esfuerzo… sino los resultados. El “cuadro de honor” puede no reflejar la verdad, pero siempre sobre estimula y hasta divide al grupo.
Por otro lado, los adultos… siempre esperamos que nuestros niños sean los mejores, deseamos, aunque no lo reconozcamos, el sobresaliente o el 10 en el cuaderno o el boletín. De una u otra manera influimos en ellos, queriendo inspirarlos a progresar pero podemos sobre animarlos a un deseo autoexigencia o deseo de sobresalir.
Recuerdo gratamente el consejo que Fermín, mi querido suegro, le dió una y otra vez a mis hijos: “No busques el primer lugar ni el 10, no siempre te hace mejor persona”. En aquel momento yo deseaba que mis hijos sobresalieran y fueran “exitosos”, como una forma de sentirme orgullosa, pero ellos me enseñaron que cada logro por pequeño que parezca tiene un valor único.
Jesús nos enseñó a ser “transparentes”, sin aparentar ni buscar mostrar una imagen ficticia. Este parámetro no es el más popular en nuestro tiempo, pero nos hace personas más felices, genuinas y hasta confiables.
Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor,
Efesios 4: 1-2 RVR 1960
Las relaciones interpersonales de la iglesia, la familia, y las personas en general, dependen en mucho de la humildad, de hecho el apóstol Pablo la relaciona de manera directa con la unidad de la iglesia, y la unidad de la iglesia está íntimamente ligada al obrar del Espíritu Santo en el Reino.
Tu iglesia es mi iglesia, y estamos unidos por el amor que Jesús demostró en la cruz y su “exuberante humildad”, por eso cuidar nuestra comunidad es reconocer que somos muy valiosos… pero no más que otros. Enseñemos a nuestros niños con nuestro ejemplo de humildad, respeto, y fidelidad de unos a otros. Construyamos iglesias y comunidades que busquen primero el desarrollo y éxito de los demás.
No hagan nada por contienda o por vanagloria. Al contrario, háganlo con humildad y considerando cada uno a los demás como superiores a sí mismo. No busque cada uno su propio interés, sino cada cual también el de los demás.
Filipenses 2: 3-4 RVR
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