¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? ¿Te olvidarás de mí para siempre? ¿Hasta cuándo debo estar angustiado, y andar triste todo el día?

Salmos 13: 1- 2a RVC

Es posible que a pesar de amar a Dios y tener fe en Cristo esta haya sido alguna vez tu oración, tu sentir. David, el autor de este canto, sabía muy bien quien era su Señor, convivía con él, era su amigo; pero eso no anulaba la posibilidad de sentirse frustrado y abandonado. Perder de vista la seguridad de ser hijo del Padre.

El salmista escribe en un momento de oscuridad interior. Perseguido y con amenazas de muerte se desespera y pierde la percepción de la presencia de Dios. Una y otra vez pregunta: ¿Hasta cuándo? Como si el Creador no lo escuchara o le diera la espalda. David estaba ciego, incapacitado por el miedo.

Su experiencia tarde o temprano también es la nuestra, y es muy posible que sea ahora mismo.

Si te sentís identificado/a es muy importante que leas este salmo hasta el final…

Mírame y respóndeme; ¡ayúdame a entender lo que pasa! De lo contrario, perderé la vida; mi enemigo cantará victoria y se alegrará de mi fracaso.

Necesitaba entender… pedía una explicación. ¿Cómo puede ser que me pase esto a mí que te adoro y soy tu siervo fiel?

Muchas veces ante la falta de seguridad o en la ausencia de paz interior buscamos respuestas ante lo inentendible de que un hijo de Dios sufra y siga sufriendo.

El dolor, la enfermedad, el miedo, la angustia… son universales, no distinguen raza, edad ni tipo de fe. Ser cristiano no es un antídoto contra lo malo, pero muchas veces lo sentimos así. No entendemos y hasta no aceptamos fácilmente los tiempos malos. Atribuimos al pecado, la falta de oración o de otros “requerimientos” cristianos lo que la vida trae sencillamente porque estamos vivos.

Es muy bueno empezar por reconocer y ser sinceros con nosotros mismos, y así también ayudar a otros, aceptando realmente que hay momentos en que Jesús es más nuestro amuleto que nuestro Dios. Hacemos con las bendiciones cálculos matemáticos, si te adoro me bendecís, si te sirvo nada puede pasarme, si me alejo… me atengo a las consecuencias.

La verdad, este no es un tema fácil de pensar ni de escribir, pero de corazón espero que cuando lleguen las malas noticias a tu puerta puedas tener una base firme en el Señor y puedas enfrentarlas.

Es evidente que David comenzó a escribir en un estado de angustia extrema, como en una explosión de sentimientos y desazón. Pero es justamente cuando enumera sus desgracias, que comienza a tener la perspectiva correcta. Es como si hubiera tomado aire profundamente, soltado su enojo y dado rienda suelta a su esperanza… la que había encajonado al ver la cruda realidad.

Pero yo, Dios mío, confío en tu gran amor y me lleno de alegría porque me salvaste. ¡Voy a cantarte himnos porque has sido bueno conmigo!

Dios no se había escondido ni alejado, sabía de cada noche oscura, cada lágrima y cada terror de David. Era su Dios y lo había escogido como su siervo especial, le había dado tiempos de gloria, prosperidad, amor, poder y respeto, pero David se agotó física, emocional y espiritualmente por enfrentar tal crisis y perdió a su Señor en medio de la batalla interior.

Hoy nosotros también enfrentamos grandes combates afuera y adentro, y Dios sigue siendo Dios. Podemos permitirnos preguntar y reclamar, pero el Espíritu Santo es nuestro ayudador. Nuestra fuerza es recuperable, la fe puede flaquear, pero si somos capaces de recordar y reiniciar nuestra amistad con el Padre vamos a poder escribir nuestra propia canción, y plasmar nuestros propios salmos…

Que el siguiente salmo de Los hijos de Coré, a quienes David designó para que sirvieran como directores del coro y continuaron siendo los músicos del templo por cientos de años, te inspire y renueve la esperanza de que aún sin respuestas nadie te ama como Dios.

Salmo 42

¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;
Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.

Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?
¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?

10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan,
Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?

11 ¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

Leave a Reply

Your email address will not be published.