Demos gracias a Dios, quien por medio de Cristo nos lleva siempre en su desfile triunfal. A través de nosotros, esparce por todas partes el conocimiento acerca de él, como si fuera una suave fragancia. Nosotros somos el incienso de suave fragancia que es ofrecido a Dios por medio de Cristo. Esa fragancia se esparce entre los que se salvan y entre los que van por el camino de la destrucción.
2° Corintios 2.14 y 15 PDT
(Énfasis del autor)
Durante la primavera las plantas florecen y al hacerlo destilan diferentes aromas agradables que llegan a nuestro olfato. Los laboratorios toman estos elementos de la naturaleza, los procesan y fabrican perfumes que concentran diferentes fragancias. Cuando los usamos, permanecen en nosotros y si pasamos cerca alguien nos huele porque son claramente perceptibles.
Podemos comparar esta práctica cultural de usar perfumes con nuestra vida espiritual. Cada día necesitamos ser impregnados del conocimiento de la Palabra que nos trae revelación y nos abre la posibilidad de saber que Dios está actuando e interviniendo aun en los silencios, en los momentos de espera cuando parece que nada sucede. Para eso tenemos que permitir que el Señor penetre en nuestros poros, en nuestra alma, en todo nuestro ser para manifestar Su presencia en las circunstancias que nos tocan vivir.
Pastor Milton Cariaga
Los perfumes existen desde hace muchísimos años, en la Biblia se mencionan muchas veces. Por ejemplo, en Éxodo capítulo 30 Moisés recibe instrucciones de cómo preparar un aceite muy especial
El Señor también le dijo a Moisés: «Tomarás especias finas: seis kilos de la mejor mirra, tres kilos de canela aromática, tres kilos de cálamo aromático, y seis kilos de canela, según el peso oficial del santuario, y tres litros de aceite de oliva. Con esto harás un aceite aromático, es decir, un perfume, el cual será el aceite de la santa unción.
Éxodo 30:22-25 RVR60
(Énfasis del autor)
Este aceite se usaba para ungir el tabernáculo de reunión, el Arca, todos los utensilios que se usaban allí y a Aarón y sus hijos que eran sacerdotes, como señal de santificación. Era algo que se consagraba al Señor y no podía ser utilizado para ninguna otra cosa o persona. ¿Podés imaginar el aroma de estas especias impregnando todo el lugar y a los sacerdotes? Era un símbolo absolutamente perceptible.
El apóstol Pablo muchísimos años más tarde dice que nosotros, los hijos de Dios, somos ese incienso, esa suave fragancia que se ofrece a Papá por medio de Cristo. Es por Él que todos podemos ser sacerdotes y esparcir esa fragancia de consagración.
Probablemente nosotros no nos demos cuenta, muy a menudo no nos sentimos aptos para transportar semejante perfume, pasamos los días sin reconocerlo, sin embargo los demás lo perciben. Pueden aceptarlo o rechazarlo, pero es perceptible.
Hace tiempo, una tarde de invierno, hacía la fila para tomar el colectivo que me traía de vuelta a casa. Delante de mí estaba una mujer que protestaba en voz baja, muy enojada. Cuando subió empezó a insultar a gritos al conductor porque había tardado mucho en hacer subir a la gente, una palabra peor que otra salían atropelladamente de su boca. De pronto hizo silencio, se dio vuelta, me miró fijo a los ojos y me dijo: “Te pido disculpas por todas las groserías que te tocó escuchar. Quiero aclarar que solo te pido disculpas a vos” acto seguido, se sentó y no dijo una sola palabra más. Yo quedé totalmente aturdida, realmente no entendía nada… creí que ni siquiera me había visto. Unos días después le conté la anécdota a una amiga. Su respuesta me dejó pensando: “La Presencia de Papá que está en vos, es perceptible para los demás, aunque para vos no lo sea y a veces se te olvide”
Ese día no me sentía especialmente espiritual. Tenía frío, estaba cansada y no venía pensando en nada “celestial” por así decirlo. De hecho, ni siquiera se me ocurrió ni remotamente hablarle del Señor ¡Sin duda yo estaba distraída!
¿Por qué te lo cuento? Porque lo que la Palabra dice es que la presencia del Señor en nosotros nos impregna. Es una realidad. Pero a veces es un aroma muy suavecito, como esas fragancias que no perduran en el ambiente porque el perfume no es concentrado. Por eso necesitamos apoyarnos con todo nuestro ser en la verdad del estado que tenemos en Cristo, pero también trabajar en el Espíritu para que la fragancia sea cada vez más intensa y Su aroma nos identifique claramente donde vayamos.
El plan del Señor sigue siendo esparcir por todas partes, a través de nosotros, el conocimiento acerca de Él, como una fragancia.
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