Ustedes los justos, ¡alégrense en el Señor! ¡Hermosa es la alabanza de los hombres íntegros!
Salmo 33:1 RVC
Ya hemos meditado juntos en la historia de Ana, una mujer que estaba muy angustiada por no poder tener hijos y derramó su dolor delante de Dios. Le pidió un hijo pero además prometió que si Él se lo daba, lo consagraría a Su servicio. El Señor la escuchó y respondió a su deseo.
Uno de los aspectos fundamentales que necesitamos tener en cuenta cuando nos presentamos delante de Dios es la integridad. Ana era una mujer íntegra de corazón, y cumplió con la promesa que había hecho ante el Señor.
Pastor Milton Cariaga
Ana, con una profunda angustia, lloraba amargamente mientras oraba al Señor e hizo el siguiente voto: «Oh Señor de los Ejércitos Celestiales, si miras mi dolor y contestas mi oración y me das un hijo, entonces te lo devolveré. Él será tuyo durante toda su vida, y como señal de que fue dedicado al Señor, nunca se le cortará el cabello». y a su debido tiempo dio a luz un hijo a quien le puso por nombre Samuel, porque dijo: «Se lo pedí al Señor». Al año siguiente, Elcana y su familia hicieron su viaje anual para ofrecer sacrificio al Señor y para cumplir su voto. Pero Ana no los acompañó y le dijo a su esposo: —Esperemos hasta que el niño sea destetado. Entonces lo llevaré al tabernáculo y lo dejaré allí con el Señor para siempre. —Haz lo que mejor te parezca—acordó Elcana—. Quédate aquí por ahora, y que el Señor te ayude a cumplir tu promesa. «Señor, ¿se acuerda de mí? —preguntó Ana—. Soy aquella misma mujer que estuvo aquí hace varios años orando al Señor. Le pedí al Señor que me diera este niño, y él concedió mi petición. Ahora se lo entrego al Señor, y le pertenecerá a él toda su vida». Y allí ellos adoraron al Señor.
1° Samuel 1:10,11; 20-23; 26-28 NTV
(Énfasis del autor)
El texto nos dice que, tal como lo había prometido, Ana consagró a Samuel al servicio de Dios. Más adelante se nos dice que cada año le confeccionaba una túnica y se la llevaba cuando iban al templo. Samuel creció en el templo porque su mamá cumplió su promesa, pero nunca lo abandonó. La Biblia resalta que cada año lo visitaba y le llevaba ropa. El futuro profeta del Señor vivía con naturalidad no estar con sus padres y sí con el sacerdote Elí. Pero aún así recibió un legado de reverencia a Dios, adoración, fidelidad e integridad de su propia madre. Su identidad fue marcada a fuego por el ejemplo materno.
De hecho, la historia remarca el fuerte contraste entre la conducta de los hijos de Elí y la de Samuel
Ahora bien, los hijos de Elí eran unos sinvergüenzas que no le tenían respeto al Señor ni a sus obligaciones sacerdotales.
1° Samuel 2:12 y 13 NTV
Mientras tanto, el niño Samuel crecía en estatura física y en el favor del señor y en el de toda la gente.
1° Samuel 2: 26 NTV
La integridad abarca nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Influye en el desarrollo de una autoestima sana, permite que seamos testimonio a los demás cristianos y aun a los que no conocen al Señor. Y siempre deja huella, aunque tal vez en el momento no seamos conscientes de ello. Es una decisión, podemos decidir ser honestos y hacer lo correcto aunque nadie nos vea; ser confiables y leales con los demás y cumplir lo que le prometemos al Señor.
Actualmente escasean los ejemplos de integridad en la sociedad, esto incluye a los cristianos, y es un tiempo donde es absolutamente necesaria para poder vivir de una manera digna y así reflejar a Cristo. De hecho, hemos visto durante la pandemia la cantidad de información falsa, contradictoria u oportunista difundida un día para ser contrarrestada al poco tiempo, por las mismas personas y sin ningún tipo de arrepentimiento ni reconocimiento del error. Por eso es una oportunidad para que en esto también la iglesia se manifieste como luz que alumbra en las tinieblas.
Como en la historia de Ana y su hijo Samuel, todo comienza en casa, con los que tenés más cerca, luego se constituye en legado para las generaciones que siguen
Te dejo un fragmento de un autor no cristiano, que nos invita a reflexionar sobre nuestras conductas y las consecuencias que producen.
“En mis charlas para padres suelo hacer algunas sencillas preguntas ¿Quién de ustedes jamás cruza con luz roja el semáforo mientras trae a sus hijos en auto a la escuela? O ¿Quién de ustedes no habla jamás por celular durante ese viaje, mientras conduce? ¿Quién no estaciona en lugares prohibidos o en doble fila al final de ese mismo viaje? ¿Quién usa siempre el cinturón de seguridad? Siempre pido honestidad en las respuestas como condición necesaria para que la charla sea un espacio de reflexión útil. Solamente la última pregunta (no siempre) tiene una respuesta afirmativa unánime. Sorprende, aunque no debería, las escasas, muy escasas manos que se levantan en las demás preguntas. Bien. Esos padres y esas madres mientras llevan a sus hijos al colegio los están educando, con su presencia y con sus actos, que es como se educa. Si eliminamos estas dos herramientas (presencia y actos), quedan sermones huecos y discursos vacíos. (…) las excusas de estos padres son solo eso, excusas. Hay posibilidades de proceder de forma correcta. Pero mientras los adultos dan esas excusas los chicos ya aprendieron a no respetar reglas de convivencia, a saltear límites, a despreciar la seguridad y la prevención y a poner lo urgente por encima de lo importante.
(Tomado de La sociedad de los hijos huérfanos de Sergio Sinay)
No tiene que ver solo en la relación con los más chicos, nuestras acciones cotidianas hablan más fuertes que nuestras palabras para todos los que nos rodean. Puede parecerte duro, casi extremo, porque habla de acciones a las que a veces ni les damos importancia. En tiempos en los que escuchamos muy a menudo discursos sobre la oportunidad de cambiar la sociedad, tenemos la posibilidad real de hacerlo y el Señor nos respaldará si nos detenemos a pensar cómo estamos haciendo las cosas, si le damos valor a lo pequeño, y le decimos no a lo que sabemos que está mal, aunque el resto de las personas lo hagan.
Continuemos marcando la diferencia, edificando Reino a través de nuestras acciones.

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