Hace mucho tiempo, Dios habló muchas veces y de diversas maneras a nuestros antepasados por medio de los profetas.  Y ahora, en estos últimos días, nos ha hablado por medio de su Hijo. Dios le prometió todo al Hijo como herencia y, mediante el Hijo, creó el universo.  El Hijo irradia la gloria de Dios y expresa el carácter mismo de Dios, y sostiene todo con el gran poder de su palabra.

Hebreos 1:1-3 NTV

¡Jesús es la respuesta!  Llenó el vacío existencial, profético, filosófico e histórico de una humanidad sin Dios. Esta humanidad está condenada a vivir prisionera de las urgencias del presente o atada a las experiencias del pasado. Una y otra vez busca respuestas y sentido, vive rutinariamente sus días dividiendo su tiempo entre la vorágine de sus obligaciones familiares y laborales, para luego caer en la soledad de ese vacío que intenta llenar sin éxito con diversas propuestas sociales que lo dejan aún más insatisfecho. Vivir sin la esperanza real y eterna que nos provee el Señor limita las expectativas de alcanzar un futuro mejor y reduce la posibilidad de una vida plena aquí y ahora.

Si Dios no se guardó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos dará también todo lo demás?

Romanos 8:32 NTV

El apóstol Pablo plasmó esta verdad que también es una promesa poderosa a la que podemos aferrarnos todos los días. Nuestro Padre celestial envió a su amado Hijo por amor a nosotros. Jesús prefirió dejar todos sus atributos divinos, aceptó nacer en un pesebre  y  morir en una cruz, Él dejó la gloria del cielo para regalarnos  la eternidad.  

Jesús nos eligió a vos y a mí

El Padre  entregó a su Hijo para garantizar su cuidado permanente, su interés, su amor inexplicable. Dios no reservó nada para sí,  entregó todo, lo máximo.

Hay una esperanza inmensa contenida en una pregunta

¿No nos dará también todo lo demás? 

Hoy, y durante esta semana en que recordamos su Pasión y muerte centremos nuestra decisión y deseo en Él, en alabarlo y adorar su persona. Pensemos en nuestra salvación, descansemos y celebremos la seguridad eterna que ganó para nosotros. Meditemos en su encarnación y su sacrificio y ministremos al Rey de nuestras vidas.

Seguir creciendo en intimidad con nuestro amado es la clave para que una y otra vez internalicemos el milagro de la vida de Cristo que habita en nosotros.

Sin embargo, lo que ahora sufrimos no es nada comparado con la gloria que él nos revelará más adelante.  Pues toda la creación espera con anhelo el día futuro en que Dios revelará quiénes son verdaderamente sus hijos.  Contra su propia voluntad, toda la creación quedó sujeta a la maldición de Dios. Sin embargo, con gran esperanza,  la creación espera el día en que será liberada de la muerte y la descomposición, y se unirá a la gloria de los hijos de Dios.  Pues sabemos que, hasta el día de hoy, toda la creación gime de angustia como si tuviera dolores de parto;  y los creyentes también gemimos —aunque tenemos al Espíritu Santo en nosotros como una muestra anticipada de la gloria futura— porque anhelamos que nuestro cuerpo sea liberado del pecado y el sufrimiento. Nosotros también deseamos con una esperanza ferviente que llegue el día en que Dios nos dé todos nuestros derechos como sus hijos adoptivos, incluido el nuevo cuerpo que nos prometió.  Recibimos esa esperanza cuando fuimos salvos. (Si uno ya tiene algo, no necesita esperarlo;  pero si deseamos algo que todavía no tenemos, debemos esperar con paciencia y confianza).

Romanos 8: 18- 25 NTV

 

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