Jesús sabía que el Padre le había dado poder sobre todo, y sabía que había venido de Dios e iba a regresar a él. Mientras estaban comiendo, Jesús se levantó, se quitó el manto y se ató una toalla. Luego echó agua en un recipiente, empezó a lavarles los pies a sus seguidores y les secaba los pies con la toalla que llevaba en la cintura.
Juan 13: 3.5 PDT
Ser parte de un mismo cuerpo sosteniendo la hermandad y manteniendo amistades sólidas, creando vínculos sanos y enseñándoles a trabajar unidos por el evangelio… Esto es lo que Jesús provocaba en sus discípulos más cercanos y muchos otros que lo seguían.
En aquel tiempo quienes lavaban los pies de los comensales eran aquellos esclavos considerados de menos valor, porque era un trabajo sucio e indeseable en esa cultura. Tocar los pies de los visitantes llenos de polvo y seguramente con un aroma desagradable, al entrar a una casa era algo que nadie haría por otros sin sentirse humillado.
Pero eso fue lo que hizo más impresionante la actitud de Jesús. Les lavó los pies a los hermanos que pretendían ser más importantes, al amigo que lo negaría y hasta a quien más adelante lo iba a traicionar. Él simplemente los amaba, y su amor no dependía de que no lo defraudaran.
Demostró que para ser amigo hay que empezar por serlo.
Se envolvió con una toalla tal como lo hacían los sirvientes, y ejemplificó que al mostrar humildad adquirimos más grandeza. Al lavar los pies de sus amigos, les mostró que no hay humillación al servir a otros, ni al hacerse inferior en la apariencia de los actos.
La unidad y el compañerismo de este grupo de seguidores fue liderada por Jesús. Y así les enseñó a ser verdaderos amigos y no competir por lugares o funciones.
El Hijo de Dios se arrodilló ante ellos, como un esclavo se postró para lavar los pies de sus discípulos. Un tiempo después, esta enseñanza de extrema humildad se vería completada por el Maestro al dar la vida por ellos.
Estos hombres no tenían después de esa comida ninguna excusa para sostener actitudes soberbias o faltas de humildad.
Jesús necesitaba que comprendieran la unidad y el amor de una manera absolutamente práctica, porque ellos mismos tendrían que enseñarla y vivirla.
La iglesia fue diseñada por Dios para que desarrollemos la capacidad dada por Él de hacer que los intereses de los demás sean más importantes que los propios.
Al servir a otros comprendemos aún más cuanto nos amó Jesús al entregarse y humillarse por nosotros, y de manera contundente podemos valorar y apreciar más su entrega.
Cuando terminó de lavarles los pies, se vistió, volvió a la mesa y les dijo: —¿Entienden lo que les hice? Ustedes me llaman: “Maestro” y “Señor” y tienen razón, porque lo soy. Yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies. Así que ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que traten a los demás como yo los he tratado a ustedes. Les digo la verdad: Ustedes ya saben que un siervo no es superior a su amo, y que ningún mensajero es más importante que el que lo envió. Ahora que entienden lo que es servirse unos a otros y lavarse los pies unos a otros, Dios los bendecirá si lo ponen en práctica.
Juan 13: 12-17 PDT
(Énfasis del autor)
Jesús manifestaba en cada una de sus actitudes un carácter enérgico y activo y al mismo tiempo apacible y pacífico. Una personalidad que contrastaba con la sociedad en la que vivía. Su ejemplo era muy difícil de ignorar y descolocaba a cada persona que se resistía al cambio de vida que Él proponía.
Hoy, después de siglos, nosotros conocemos y aceptamos sus enseñanzas, pero no siempre logramos seguir su ejemplo hasta las últimas consecuencias.
¿Cuál sería el acto de mayor amor y unidad que estás dispuesto a hacer por tus hermanos y por la unidad de la iglesia? Tu respuesta puede cambiar vidas.
Ruth O. Herrera
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