Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.
Colosenses 1:9- 14 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Pablo está orando por la iglesia de la ciudad de Colosas y le pide a Dios que la iglesia sea fortalecida con todo poder conforme a la potencia de Dios para toda paciencia y generosidad. Es decir, Pablo pide que, al igual que aquella iglesia del pasado, tengas, que tengamos fortaleza espiritual.
Este pedido está ligado a lo que caracteriza a Dios, a lo que caracteriza su gloria, que es su poder. Es como si Pablo dijera “Señor ya sé que no es con fuerzas, ya sé que no son los esfuerzos humanos los que darán resultados. Por eso te pido que ellos sean fortalecidos en el poder y la manifestación de tu gloria”.
El apóstol no está rogando por una manifestación maravillosa, portentosa de la obra de Dios. El resultado que él pide no tiene que ver con maravillas espectaculares que la iglesia puede desear en todo tiempo y está bien que lo desee. Pero en este caso su deseo es que el Señor nos dé paciencia y longanimidad, una palabra que yo traduje como “paciencia para la paciencia”.
La paciencia, que es un fruto del Espíritu Santo, necesita a veces ser sostenida. La traducción que hacen la mayoría de los diccionarios bíblicos o no bíblicos es que la longanimidad es como una grandeza de espíritu y además es una constancia de ánimo permanente.
Grandeza y constancia para sostener nuestra vida en medio de la adversidad.
Pastor Hugo Herrera
Este texto parece haber sido escrito especialmente para estos tiempos. Hace pocos años un investigador llamó fasters a las personas que consumen contenidos digitales como películas, series, audios o libros a una velocidad superior a la normal. Las causas son varias, pero la principal se resume como la necesidad de ahorrar tiempo, de llegar al final de lo que se está viendo o escuchando lo más rápido posible porque hay demasiada oferta de contenidos y se quiere abarcarlo todo. Por eso, por ejemplo pueden ver durante doce horas seguidas toda la temporada de una serie…
La característica común, que también abarca otros aspectos de la vida, es la impaciencia. Una urgencia por llegar sin viajar, de obtener resultados sin atravesar procesos.
WhatsApp que estudia y conoce esta tendencia incorporó la posibilidad de acelerar los audios que recibimos para “no perder tanto tiempo” en escucharlos. El problema es que la velocidad de 1,5 o superior no permite entender todas las palabras de un audio, ni comprender la idea central de un texto y tampoco recordar pasadas unas horas lo que se escuchó. Estas velocidades no permiten conectar lo nuevo con lo que ya sabemos y, por lo tanto, el nivel de ansiedad aumenta al mismo tiempo que disminuye la capacidad de disfrutar. Estas conductas se trasladan a todos los aspectos de la vida real y corremos detrás de cada nuevo estímulo sin detenernos. La paciencia es un concepto y, lo que es peor, una experiencia que está fuera de la realidad cotidiana.
¿Cómo influye en nosotros, los cristianos? ¿También corremos? ¿Por qué? ¿Para qué? La velocidad y ansiedad permanentes perturban y obstaculizan el enfoque.
La paciencia es parte del fruto del Espíritu Santo, pero sostenerla en tiempos adversos es una tarea conjunta. Ahí tenemos que participar nosotros. Para eso necesitamos ejercitarnos en esperar en Dios.
Oh pueblos, esperen en él en todo tiempo; derramen delante de él su corazón porque Dios es nuestro refugio.
Salmo 62:8 (RVA2015)
Mónica Lemos

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