Cuando llegaron a Betsaida, le trajeron a un ciego y le pidieron a Jesús que lo tocara.  Jesús tomó al hombre de la mano y lo llevó hasta las afueras del pueblo. Allí, escupió saliva en los ojos del ciego, lo tocó y le preguntó: —¿Puedes ver algo? El hombre levantó la mirada y dijo: —Veo a la gente como árboles caminando.

Marcos 8: 22-24 PDT

 Jesús sanaba de diferentes formas, personalizadas y diseñadas. En este pasaje usa la saliva como conductor de sanidad, una costumbre conocida en la época. El mundo antiguo creía en el poder sanador de la saliva.

Su misión era dar a conocer el Reino de los Cielos, la salvación completa e integral de las personas, y para eso involucraba lo que a cada uno lo identificara. El agua con la mujer samaritana, lo misterioso con un erudito como Nicodemo, panes y peces con la multitud hambrienta, agua en vino con los que necesitaban seguir su fiesta, la caminata sobre el agua para quienes más necesitaban ver su poder, y podría seguir enumerando las diferentes formas en que Jesús le abrió los ojos a cada uno de los que lo conocían.

A lo largo de mi vida he visto diferentes maneras en las que Jesús abrió mis ojos, he visto sus obras, grandes y cotidianas. Puedo decir “Lo he visto”.

Pero estoy segura que frente a mí de manera explícita o encubierta mi Salvador provocó muchos milagros que no llegué a ver. Quizás por esperar algo distinto, simplemente por no ser capaz de ver.

Y vos… ¿Cuántas veces viste lo que Dios puso delante tuyo para que lo disfrutes, lo vivas y seas transformado/a?

Jesús tenía la inmensa grandeza de hacerse comprender por ser sencillo y cercano. Y todavía nos sigue esperando para que le permitamos abrir los ojos de nuestro entendimiento.

No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales,

Efesios 1: 16-20 RVR 1960

(Énfasis del autor)

Por esta razón el gran milagro de su humanidad nos hizo fácil conocer al Padre, por su capacidad de hacerse entender y dar a conocer.

Al terminar la semana sería hermoso dedicar un tiempo para pedirle al Espíritu Santo que “alumbre nuestros ojos”, que nos ayude a “entender”. Adorar direccionados en la intención de ver cada día nuestro milagro, y compartir con otros desde lo más sencillo hasta lo más profundo de Su revelación.

El gran milagro de la esperanza en tiempos donde parecen escasear los milagros, o cuando vivimos días de una riqueza pobre y el poder de su fuerza se siente débil… necesitamos que el Santo descubra su presencia y no seamos ciegos a su amor.

Hacer visible el descubrimiento de las riquezas de Cristo, que son inagotables aprendiendo más y más acerca de la maravilla y la belleza infinita de Jesucristo.

En la verdadera fe no se necesita ver para creer, pero no hay dudas que ver sus obras, alimentan afianzan, desarrollan y completan nuestra fe.

Hoy vos y yo necesitamos prestar atención y dedicar un tiempo al Señor…

¿Qué ves?

Ruth O. Herrera

 

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