Te insto delante de Dios, de Cristo Jesús y de los santos ángeles a que sigas estas instrucciones sin dejarte llevar de prejuicios ni favoritismos.
1º Timoteo 5:21 (RVR60)
Hace unos años, cuando nuestra escuela Edemi me pidió dar clases sobre liderazgo, empecé a buscar algunos aportes para enriquecer lo que yo creía que tenía que decir. Así encontré un artículo que explicaba de qué manera la NASA entrena a las personas para que puedan asumir una misión especial y riesgosa.
El artículo detallaba la cantidad de pruebas físicas y psicológicas a las que se veían sometidos los astronautas, pero lo que más me sorprendió es que en un momento decía: “el broche de todo esto es algo que tiene que ver con las relaciones humanas”. Para poder pasar esta prueba el candidato entraba a un lugar donde ya estaban otros colegas que habían sido aprobados. Allí charlaban durante horas. Una vez finalizada la conversación el candidato se retiraba y el resto de los presentes se preguntaban unos a otros qué habían sentido, cómo se sintieron con él, cómo se sentían ellos entre sí…
Me pareció que era una buena ilustración para la iglesia porque todos podemos tener cierto conocimiento, pero debiéramos hacernos algunas preguntas, por ejemplo:
¿Cómo desarrollamos nuestras relaciones humanas?
¿De qué manera nos relacionamos en nuestra comunidad de fe?
¿Qué siento que me inspira el otro?
¿Qué emociones me produce mi hermano?
Pastor Hugo Herrera
Las relaciones son importantes en todo grupo humano. De hecho, cada vez se habla más de este tema, y en el mundo empresarial se trabaja para optimizar las relaciones entre jefes y empleados y dentro de los grupos de trabajo. Las investigaciones indican que cuanto mayor es la confianza que existe entre los integrantes de un equipo se obtienen mejores resultados. Las relaciones fluidas, el sentirse cómodo con aquellos con los que debemos compartir tiempo y el poder confiar en el otro son aspectos fundamentales que nos permiten permanecer juntos a través del tiempo.
Ahora bien, no es sencillo lograrlo y por eso suele suceder que muchas veces la confianza no es real y sólo se actúa “como si”. Pero no es posible fingir confianza por mucho tiempo, ya que en algún momento la desconfianza se nota. Si no nos traicionan las palabras, lo harán nuestras acciones.
En la NASA las personas son entrenadas para desarrollar relaciones sanas y para esto deben ser capaces de modificar sus percepciones erróneas, por ejemplo, las basadas en prejuicios muy arraigados.
¿De qué manera podríamos lograr esto en nuestras vidas? En primer lugar, reconociendo que no siempre nuestras emociones o sentires los provoca el Espíritu. Muchas veces alguien simplemente no nos cae bien, y es sano y bueno reconocerlo para poder trabajar esos sentimientos.
Hay un ejemplo bíblico acerca del tema que está en el primer libro de Samuel.
Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido. Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.
1º Samuel 16:6 y 7 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Samuel era profeta, tenía una relación íntima con Dios, lo escuchaba y transmitía su Palabra. Su oficio como vocero divino era reconocido, pero sus sentidos lo engañaron y se equivocó. Su percepción al ver a Eliab no era la que Dios tenía. Si el profeta se hubiera guiado por lo que sentía, en ese instante habría ungido a Eliab. El Señor tuvo que explicarle que Él miraba de manera diferente.
Nosotros podemos aprender de la actitud de Samuel, que pudo reconocer que se había equivocado y fue sensible a la voz de Dios hasta el final. Aun cuando habían desfilado ya siete de los hijos de Isaí, el profeta se atrevió a preguntar “¿son estos todos tus hijos?”. Samuel fue entrenado personalmente por Dios y permitió que Él modificara sus percepciones.
Todos tenemos una mezcla de sentimientos en nuestro interior y una forma determinada de percibir a las circunstancias y a las otras personas. No siempre somos conscientes de esta realidad y por eso, a menudo no permitimos que Dios nos corrija, sino que espiritualizamos nuestros propios prejuicios. No lo hacemos con mala intención, simplemente no nos damos cuenta.
Hoy el Señor nos pregunta a cada uno de nosotros si estamos dispuestos a recibir el entrenamiento de Él para poder aprender a reconocer Su voz en toda circunstancia y no confundirla con nuestras propias emociones y sentires. ¿Cuál será nuestra respuesta?
Mónica Lemos

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