En un viaje, Pablo y Silas pasaron por Anfipolis y Apolania, y luego llegaron a Tesalónica, donde los judíos tenían una sinagoga. Pablo, según su costumbre, fue a la sinagoga, y cada sábado, durante tres semanas seguidas, discutió con ellos, basándose en las Escrituras. Les explicaba que el Mesías tenía que morir, y que después de muerto tenía que resucitar. Les decía: —Este mismo Jesús que yo les anuncio a ustedes, es el Mesías. Algunos de los judíos creyeron, y se unieron a Pablo y Silas, y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas.

Hechos 17: 1-4

(Énfasis del autor)

 

Lucas como historiador hace referencia en este relato a la costumbre que tenía Pablo de ir primero a los judíos para beneficiarse del trasfondo cultural y optimizar así su oportunidad de enseñar en la sinagoga. 

Al llegar a Tesalónica, como siempre, abrió las Escrituras que profetizaban sobre el Mesías, explicando cada  detalle y las expuso de tal manera que revelaban con claridad el propósito de Dios con respecto al Mesías.

Su mensaje siempre se centraba en tres pasos: que el hijo de Dios vino a la tierra, sufrió la muerte y se levantó de entre los muertos al tercer día. 

Como lo había hecho también en Antioquía, les demostró que ninguna profecía se podía aplicar a nadie, sino solo a Jesús. Por tanto, “este Jesús” es verdaderamente el Mesías, el Cristo, el Profeta, Sacerdote y Rey ungido por Dios. 

En esta oportunidad la predicación dio un resultado excelente, y fueron muchos los que ese día se unieron a la comunidad de los cristianos.

 

Pablo y sus colaboradores, los apóstoles, y los cristianos en Jerusalén, todos ellos recorrieron ciudades y culturas diferentes, predicando hasta las últimas consecuencias. Tenían fresca la ordenanza dada años atrás por Jesús: llegar hasta lo último de la tierra.

 

La iglesia primitiva veía en cada individuo convertido al evangelio un ser que podía liderar cambios, como una amenaza para el sistema que movía al mundo. No se veían como pequeños cristianos deprimidos, pasando desapercibidos, o como invisibles ante la realidad. Aun ante intimidaciones y peligros, la iglesia se mostraba y lideraba cambios en cada ciudad, por los caminos, en los palacios, entre la gente común o los gobernantes. Una iglesia que daba que hablar. 

 

No era cuestión de doctrina, sino de poder, convicción y obediencia.

El evangelio andaba entre la gente, personificado en cristianos valientes y esforzados, como tan claramente vemos en los relatos de Hechos. Hoy las diferencias son muchas, pero las oportunidades iguales, y aún más numerosas y mejores. Tenemos a nuestra disposición medios y formas de llegar con el evangelio “hasta lo último de la tierra”, y si a los recursos los usamos completos en la autoridad y el poder de Jesucristo, tenemos que alcanzar a cientos con la Verdad que los hace libres.

 

En todas las épocas y generación tras generación la gente sigue caminando y viviendo “como ovejas sin pastor”, y las Buenas Nuevas siguen funcionando. Ayer pensamos juntos en el “poder del acuerdo” para sostener a los que sufren angustia, stress, y falta de paz; hoy te propongo que con tus compañeros de oración oren por un nuevo derramamiento del Espíritu Santo para orar por los enfermos y declarar sanidades.

 

Que como el apóstol y sus amigos y colaboradores predicaban al Mesías resucitado, peleemos la batalla de la fe hasta ver sanidades físicas y espirituales fruto del poder de Dios entrando a las casas y restaurando vidas.

 

Llamá a tu líder, a tus compañeros de oración, proponelo en tu grupo de estudio bíblico, y provocá en unidad las obras del cielo en la tierra.

Quizás hace tiempo no te encontrás con ellos por razones obvias, pero el acuerdo no depende de la distancia sino de la decisión de “ser uno para que el mundo crea”

 

Tomá un tiempo para orar y aceptá el desafío de liderar cambios en el nombre de Jesús.

 

                        Ruth O. Herrera

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