De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos.
Salmo 24: 1-2 RVR 1960
La Biblia nos enseña que somos sacerdotes, lo que significa que somos puentes facilitadores que llevan a las personas a conocer a Jesús.
Esta convicción la mencionamos, y recordamos todo el tiempo, pero a veces es muy difícil de tenerla cuando estamos atravesando situaciones, circunstancias o momentos que no son tal vez placenteros, pero aún así no debemos limitar la Palabra a una circunstancia. Todos hemos sido tocados por distintas situaciones complejas, algunas atravesaron duramente la vida de la iglesia y de amigos. Varias veces en estas semanas oramos y nos detuvimos juntos como congregación para clamar por un milagro, y parecía que las cosas no pasaban. Pero cuando conectamos a las personas individualmente, hablábamos y vimos qué les estaba pasando nos dábamos cuenta de que el Señor estaba trabajando más allá del motivo por el cual ellos iban a buscarlo desesperadamente.
Más allá de esta semana en la vida todos hemos sido atravesados por distintas pruebas y es necesario que nos detengamos para mirar al Rey de Reyes y saber que Él es soberano y tiene control de todo.
Puede suceder que la causa que nos lleva a detenernos y ponernos en esta posición de necesitar que Dios intervenga a veces no sea contestada como queremos, pero cada vez que nuestra vida se detiene delante de Dios, Él obra y nosotros cambiamos y entendemos de una forma diferente Su soberanía.
Pastor Cristian Centeno
Solo podemos transitar y salir enteros de nuestros malos tiempos cuando descubrimos a Dios y su persona en medio del dolor. Hasta lo que nos resulta muy difícil de aceptar o comprender tiene a su tiempo un cierre en paz.
“Seguir creyendo” es la condición para seguir descubriendo la mano contenedora de Papá.
Estoy segura de que Él no planea que suframos, su intención no es hacernos sangrar para lograr que lo amemos. Por eso nuestra fe está en directa conexión con nuestra amistad con el Maestro. Al conocer a Jesús realmente como el Hijo de Dios, al hacer nuestra su pasión y el dolor de querer acercarse a la gente, podemos descubrir que en el Nuevo Pacto el mayor sufrimiento es el de Él.
“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la gallina junta a sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!
Mateo 23: 37 RVA2015
Hace algunas semanas orando con mi grupo de red el Espíritu Santo me ayudó a ver el rostro del Padre llorando amargamente junto a los que hoy lloran sus pérdidas y ausencias, a quienes temen morir o perdieron la esperanza. Pude por un segundo verlo sentado en el Trono de la Gracia con sus manos cubriendo su cara empapada en lágrimas y entonces recordé el pasaje de Jesús llorando por su pueblo.
¡Qué amor… qué inmenso amor!, es conmovedora la imagen. Por quienes más lloraba era por aquellos que lo despreciaban.
Aquel que fundó el mundo y su plenitud, hecho hombre sufrió y sufre día a día por la lejanía de su creación.
En este pasaje se relata cómo, lejos de juzgar a Jerusalén, sufre en carne propia el no poder contener y salvar a su pueblo.
Aunque en los evangelios sinópticos no se menciona que Jesús haya estado en Jerusalén, los comentaristas bíblicos creen que sí había ido antes, pero sin ningún resultado.
Desde el principio la humanidad juzga y descree de Dios al ver la realidad, la miseria y la aparente falta de respuesta del Creador, sin considerar en absoluto que es el Padre Eterno quien se entristece por la falta de búsqueda y de aceptación de salvación.
Quien sufre más al ver tus lágrimas es tu Dios, y su deseo es realmente darte el bien que necesitás. Podes y tenés el derecho de pensar que no responde o que está lejano, pero no te estaciones en esa creencia. Como el padre del pródigo Él siempre está en la puerta esperándote.
Sus aparentes silencios no los entendemos, pero no invalidan quien es el Él, ni su gran amor se desvanece cuando en nuestra debilidad lo creemos lejos.
Ruth O. Herrera
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