Así que Jesús fue con ellos. No estaba lejos de la casa cuando el centurión mandó unos amigos a decirle:

—Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco que entres bajo mi techo.  Por eso ni siquiera me atreví a presentarme ante ti. Pero, con una sola palabra que digas, quedará sano mi siervo.  Yo mismo obedezco órdenes superiores y, además, tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve”, y va, y al otro: “Ven”, y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.

Lucas 7: 6-8 NVI

(Énfasis del autor)

Iglesia es necesario que nos pongamos de nuevo de pie ante la realidad, que no le creamos a las circunstancias como algo absoluto. Es preciso que nos corramos por completo de la idea de que no somos dignos, minimizando y despreciando la obra de Cristo.  Si Jesús dice que al que cree que es el Hijo de Dios, Él lo representa delante del Padre ¿por qué no le podemos creer? No permitamos que como al centurión las doctrinas y las prácticas de la iglesia nos impidan relacionarnos con Dios.

Si lo miramos en términos de resultado podemos decir que la historia terminó bien. El centurión estaba muy acostumbrado a dar órdenes a distancia por eso hace que Jesús entre en su realidad y cree que todo puede suceder porque entendía que había poder sobrenatural y ese poder venía de algún lado. Él no conocía bien cómo sería posible, pero sabía que si Jesús pronunciaba y daba la orden las cosas sucederían. El centurión se apropió de su conocimiento terrenal y lo aplicó en lo espiritual, y así provocó una experiencia maravillosa…

Pastor Cristian Centeno

Jesús se ajustó a la realidad del centurión para hacer el milagro que su siervo necesitaba. Entendió que aquel romano tenía una mentalidad, costumbres y normas de vida que, aun teniendo fe, no pudo desestrucutrar ni romper para poder recibirlo en su casa. Acomodó su fe a su concepción de oficial del ejército al mando, sabiendo el valor de dar una orden, y por sentirse indigno aplicó su norma de vida natural y cotidiana a la necesidad de un milagro.

Para Jesús esta regla de sujeción y poder era absolutamente conocida desde el principio de los tiempos al crear la tierra y los cielos por el poder de su Palabra, y se hizo evidente en su ministerio terrenal cuando las tormentas y hasta los demonios se le sujetaban.

Imagino que el deseo personal de Jesús habrá sido conocer a aquel hombre y entrar a su casa, sí destacó su fe, pero lo respetó en su decisión, no insistió ni le dió una explicación de los beneficios de verlo personalmente… el Señor se dirigía hacia aquella casa dispuesto a entrar, pero no forzó ni se sintió defraudado.

En este milagro queda muy en claro que Jesús vino a salvar, sanar y bendecir a toda persona que lo busque, sin diferencia de nacionalidad, raza, posición … nada. Se compadeció de un esclavo a través del pedido de un hombre poderoso, con influencias y no judío. Una vez más rompe los paradigmas del pensamiento elitista hebreo. Une en un mismo milagro al pobre con el rico, al sometido y al amo.

Los judíos rechazaban a los gentiles, y los gentiles despreciaban a los judíos porque el antisemitismo ya era moneda corriente. W. Barclay lo describe así: “Los Romanos decían que los judíos eran una raza asquerosa, y consideraban su religión como una superstición bárbara; hablaban del odio que tenían los judíos a toda la raza humana; acusaban a los judíos de adorar a una cabeza de burro y de sacrificarle todos los años a un gentil”

Aún así había gentiles que descreían de tener muchos dioses y de la baja moral que esto provocaba, y aceptaban la doctrina judía y el rendir ofrendas a un solo Dios. Seguramente este sea el caso del centurión, que se acercó al pueblo… pero no se sentía uno de ellos y, por lo tanto, indigno al punto de no permitirle a Jesús estar con él… Pero el amor, la misericordia y el deseo de salvación fue más fuerte y el Señor aceptó “decir la Palabra”.

Para este militar la historia se dio de esta manera, no tiene que ser tu fórmula, no tenés que ser como él. En lo cotidiano de tus días, tus tareas, en la simpleza o enormidad de tu casa, es ahí donde el Señor Jesús está una y otra vez extendiendo su mano, su abrazo, prestando oído y sobre todas las cosas estableciendo salud, salvación, su reino. No hay cultura, ideología, costumbre o convicción que opaquen el plan de amor eterno.  Toma la realidad de una persona y la aplica a Su Gracia.

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

Apocalipsis 3: 20 RVR 1960

(Énfasis del autor)

Ruth O. Herrera

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