Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán.  Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.  Entrando Naamán a su señor, le relató diciendo: Así y así ha dicho una muchacha que es de la tierra de Israel. Y le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel.

2da Reyes 5:2-5 RVR60

(Énfasis del autor)

Una israelita había sido capturada y puesta al servicio de la esposa de Naamán. Un general prestigioso y una muchacha a quien habían llevado cautiva de Israel y ahora estaba sirviendo a su esposa. Al enterarse de que el esposo de su ama está enfermo dice: “si el amo fuera al profeta que hay en Samaria él lo sanaría de su lepra”

Por un lado, está Naamán, la enfermedad no había sido impedimento para que pudiera ser exitoso; por otro lado, hay una persona, una mujer que, a pesar de su condición social, de sus limitaciones, a pesar de que no estaba en el lugar que correspondía, donde ella quisiera, entendía que había gracia de Dios para su amo.

Pastor Cristian Centeno

Esta es una historia apasionante, por varios motivos, el general sirio al principio muestra la cuota de humildad necesaria para escuchar la recomendación de una esclava respecto a su condición de salud.

¿Por qué tendría que pensar que lo estaba aconsejando bien? Después de todo, la muchacha no trabajaba con él por su propia voluntad, había sido llevada cautiva, deportada desde su país a Siria. Tal vez este jefe militar tuvo sus reparos, pero… estaba enfermo y necesitaba ayuda, no importaba de dónde viniera.

La muchacha tampoco tenía motivos para desear que un enemigo de su país recibiera ningún favor. Sin embargo, era una sierva que conocía a Dios y creía en Él, y por eso pudo dar esperanzas a su amo. Con pocas palabras ofreció  lo más valioso que podía dar: sanidad y fe en Dios para un poderoso militar de un ejército pagano.

Evidentemente, la fe sembrada en ella seguramente desde pequeña, daba fruto en cualquier tierra donde el Señor permitiera que estuviese.

Desde hace tiempo se están generando discusiones, algunas extremas y que dividen a la sociedad, sobre la inclusión. Pasaron siglos y todavía seguimos tratando de superar prejuicios. O al menos eso decimos. Desde lo discursivo se aboga por una sociedad inclusiva, que integre al que es diferente y no lo margine, en la práctica ese ideal se diluye en cuanto alguien se atreve a manifestar una idea diferente. Hay minorías que son consideradas valiosas y otras a las que no se les da la misma categoría. Detrás de eso hay polarización y a menudo manipulación ideológica.

La historia de esta sierva anónima es también en este sentido, aleccionadora. Viene desde muchos siglos atrás a recordarnos que en una cultura donde los siervos en general, y más si eran mujeres, no eran considerados socialmente como una voz a la cual prestar atención Dios levantó siempre a personas, algunas anónimas, otras mencionadas por su nombre que dieron palabra oportuna, lideraron batallas, salvaron la vida de hombres de Dios, aconsejaron a reyes y así podríamos seguir enumerando. Todos tuvieron algo en común, que trasciende cualquier cultura, conocían a Dios y en su nombre se animaron a hablar y a actuar venciendo sus propios miedos y prejuicios.

Las necesidades siguen existiendo, las desigualdades también, pero el deseo de Papá no ha cambiado.  Esa palabra oportuna esté disponible para todos, los que nos caen bien, los que amamos y también aquellos que nos han perjudicado o podemos considerar “enemigos”.

Que el Señor nos dé la gracia de estar atentos a Su voz, para que podamos dar el consejo y la palabra adecuada, a tiempo y fuera de tiempo.

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