Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús

Filipenses 2: 5 DHH

(Énfasis del autor) 

 

Enaltecerse a sí mismo significa tener necesidad de que otros nos noten, y es una necesidad que nunca se satisface si no podemos ver a los demás “como superiores a nosotros mismos”. Mientras más reconocimiento se recibe, más se necesita.

Esta necesidad es lo opuesto al carácter de amor de Cristo. Él en cada paso que dio en la tierra sembró la humildad con una actitud en la que la soberbia y el engrandecimiento eran absolutamente nulos.

 

Él escogió la humildad como su estilo de vida, y lejos de mirarse a sí mismo miró a quienes lo rodeaban y tuvo compasión. Jesús le dio una oportunidad a todo aquel que se le acercó.

 

Había un hombre llamado Nicodemo, era de los fariseos y líder importante de los judíos. Este fue de noche a donde estaba Jesús…

Juan 3: 1- 2a  PDT

 

Nicodemo era parte del grupo de religiosos que acosaban a Jesús, y su llegada en medio de la noche y de forma sospechosa no impidió que el Señor invirtiera tiempo para escucharlo. Un líder religioso que perdió su falso orgullo para “buscar la verdad”, que dejó de lado las comparaciones, los títulos y el lugar de privilegio para reconocer a Jesús como “Maestro”.

Nicodemo no midió ni pesó sus títulos…

 

Muchas veces podemos caer en la trampa del orgullo y la comparación alejándonos así de personas que podrían ser nuestros líderes, maestros, o mentores.

La trampa de la comparación puede arruinar incluso la mejor de las relaciones. Lo que tenés es bueno, sin embargo, puede pasarte que mires a tu alrededor y haciendo una errada comparación pienses: “Él parece más atento que mi esposo”. “Ella me anima más que mi esposa”. “¿Por qué mis hijos no pueden lograr los mismos éxitos?” “Aquel o aquella participó más veces que yo”

 

¿Alguna vez te hiciste alguna pregunta similar o sentiste algo parecido?

El deseo de ser reconocido no es malo, pero el exceso de ese deseo puede amargarnos la vida.

La frustración que sentimos en el trabajo, los deportes, el estudio… y hasta en la iglesia puede correr fácilmente nuestro objetivo de agradar a Dios antes que a la gente.

Y sé que es real porque lo he vivido y lo he visto muchas veces.

Las comparaciones nos quitan la alegría de nuestros propios logros y no nos permiten ser felices con los ajenos. Disfrutar con las victorias, ganancias, éxitos y conquistas de los demás es absolutamente enriquecedor y nos ayuda, no solo a celebrar con los otros, sino también a potenciarlos y ayudarlos para que sigan avanzando.

 

—Maestro, nosotros sabemos que Dios te envió a enseñarnos porque nadie sin la ayuda de Dios puede hacer las señales milagrosas que tú haces.

Juan 3: 2b DHH

 

Nicodemo fue muy sabio al darse la oportunidad de reconocer los logros de un joven que estaba adquiriendo fama enseñando justamente lo contrario de lo que su grupo religioso proclamaba.

Su humildad le abrió literalmente las puertas del cielo. Ver a otro como más sabio lo posicionó como un ejemplo a través de la historia.

 

No se cuánto luchas con vos mismo/a en la batalla de las comparaciones, pero estoy segura por mi propia experiencia que, ver a los demás como personas dignas de ser reconocidas, halagadas, felicitadas y tener la capacidad de ser feliz con los logros ajenos  da mucho placer y equilibra la balanza de nuestra autoestima.

No hagan nada por egoísmo o vanidad. Más bien, hagan todo con humildad, considerando a los demás como mejores que ustedes mismos

Filipenses 2: 3 NBV

Ruth O. Herrera

Leave a Reply

Your email address will not be published.