Cuando llegaron a Betsaida, le trajeron a un ciego y le pidieron a Jesús que lo tocara. Jesús tomó al hombre de la mano y lo llevó hasta las afueras del pueblo. Allí, escupió saliva en los ojos del ciego, lo tocó y le preguntó: —¿Puedes ver algo? El hombre levantó la mirada y dijo: —Veo a la gente como árboles caminando.
Marcos 8: 22-24 PDT
¡Sí veo!… pero no del todo claro
En este relato el ciego es un desconocido, no dijeron su nombre, pero su vida, su realidad, su ceguera estaba expuesta… imposible de ignorar. Y Jesús inmediatamente accionó y lo llevó afuera de las calles ruidosas, los tumultos e intentó captar toda su atención.
Imagino la ansiedad de caminar sin saber adónde y esperar un milagro que le abriría las puertas a una vida soñada y esperada desde siempre.
¡Voy a ver… voy a ver… sí hoy voy a ver! Estoy segura que no había otro pensamiento en su cabeza, y aquellos que lo habían llevado hasta el Maestro no podían esperar un minuto más para celebrar.
: – Hoy, cuando veas vamos a hacer lo que nunca hicimos juntos… este día hay que celebrarlo.
Las voces se harían cada vez más fuertes y esos metros, o tal vez kilómetros que el ciego caminó guíado por Jesús fueron inolvidables.
¡Voy a ver… voy a ver… sí hoy voy a ver!
Y de pronto parado, quieto, inmóvil frente a Jesús, a quien no conocía, sintió una humedad en sus ojos, sí, como una caricia que corría por sus mejillas… y la pregunta más esperada:
– ¿Puedes ver algo?…
– ¡Sí, sí! No veo con claridad, veo árboles moverse… creo que son hombres… ¡wow… veo!
El ciego aferrado a su falta de claridad pudo reconocer figuras borrosas… lo había logrado, ya estaba casi sano. Y aunque no reclamó nada, Jesús sin esperar le mostró que había más para ver, para observar, reconocer y disfrutar.
El ciego tuvo que aprender a ver…
Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos, y el hombre miró con atención y quedó sano. Ya todo lo veía claramente. Entonces Jesús lo mandó a su casa, y le dijo: —No vuelvas al pueblo.
Marcos 8: 25-26 DHH
(Énfasis del autor)
También tuvo que aprender a cuidar su sanidad. Jesús le pidió que vaya a su casa, cuidándose del viento de la zona, la tierra, acostumbrarse a la luz del sol y evitar la multitud que lo conocía como el ciego y por emoción o incredulidad, quisieran tocarlo o apretujarlo.
Tenía su milagro, pero debía aprender a vivirlo, disfrutarlo y cuidarlo.
Leyendo este relato pensé en la cantidad de veces que nos conformamos con árboles parecidos a hombres… porque nos parece suficiente, y hasta los vemos moverse… ¿qué más podemos pedir?
Ahora vemos de manera indirecta, como en un espejo, y borrosamente; pero un día veremos cara a cara. Mi conocimiento es ahora imperfecto, pero un día conoceré a Dios como él me ha conocido siempre a mí.
1° Corintios 13: 12 DHH
(Énfasis del autor)
Si soy salva, estoy en el camino correcto, Dios es mi Padre, conozco el obrar del Espíritu Santo… ¿qué más?, pero Jesús le enseñó claramente al ciego que el ver es más que distinguir, es reconocer correctamente, descubrir las nuevas formas y cada día afianzar su milagro.
Ahora vemos la mitad o menos, eso dice Pablo, el hombre que había ascendido al tercer cielo y vio al Jesús transfigurado y en su Gloria, él mismo seguía diciendo: “lo veo borroso”.
¿Y hoy… como ves la obra del Espíritu en vos? ¿Qué tanto estás cuidando lo que Dios invirtió en tu vida? Yo no sólo estoy en medio del proceso, podría decir que todavía no vi árboles. Pero es Su promesa, la garantía que nos da el Espíritu, y Jesús cada día toca nuestros ojos para mejorar nuestra visión de lo sobrenatural…
¡Sí … yo quiero ver más!
Ruth O. Herrera

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