Cuando terminó de hablar al pueblo, Jesús entró en Capernaúm.  Había allí un centurión, cuyo siervo, a quien él estimaba mucho, estaba enfermo, a punto de morir.  Como oyó hablar de Jesús, el centurión mandó a unos dirigentes de los judíos a pedirle que fuera a sanar a su siervo.  Cuando llegaron ante Jesús, le rogaron con insistencia: —Este hombre merece que le concedas lo que te pide:  aprecia tanto a nuestra nación que nos ha construido una sinagoga.

Lucas 7:1-5 NVI

(Énfasis del autor)

Una característica del pueblo judío era que estaban orgullosos, completamente orgullosos de ser el pueblo escogido por Dios, se jactaban de este lugar destacado de ser la nación escogida. Dios los formó como su pueblo y esta característica hacía que vivan de una manera diferente, y aunque las circunstancias fueran malas siendo sometidos en diferentes épocas por distintos imperios, ellos igualmente se centraban todo el tiempo en la búsqueda de una revolución porque entendían que Dios los iba a liberar.

Las circunstancias que los condicionaban no afectaban la imagen que tenían de sí mismos y de Dios. La contracara era que, justamente por sentirse tan especiales, muchas veces despreciaban a quienes consideraban distintos.   Creo que por eso Jesús tuvo tanta decepción, porque cuando vino encontró un pueblo que estaba deseoso de ser liberado, un pueblo ansioso de encontrarse con el Mesías, pero que no pudo entender que Él venía a salvar a todos por igual y no solamente a ellos.

Entiendo que esto fue un punto de quiebre que los evangelios muestran. Hay muchos milagros relatados que suceden a partir de una persona que no pertenece al pueblo judío y busca desesperadamente encontrarse con el Señor, o de alguien del pueblo que había sido despreciado por alguna enfermedad o situación de humillación y justamente por esa dolencia se acerca a Dios y ahí el Señor podía obrar.

Pastor Cristian Centeno

La paciencia ilimitada en el amor que Dios nos tiene soporta el pecado humano sin rechazar a la humanidad.  Nuestro Creador no irrumpe a la fuerza en la vida de nadie, solo se manifiesta en aquel que está dispuesto a aceptar su invitación. La decisión del hombre es imprescindible para que Papá desate su obrar.

Jesús presentó el plan de una vida abundante por las calles, las sinagogas, el templo, las casas, los caminos… pero no todos lo siguieron; es más, ni siquiera todos los que lo siguieron se mantuvieron cerca de Él hasta el final.

Todo el pueblo contempló el esplendor de Cristo y recibió su invitación, pero fueron muchos los que lo rechazaron y cerraron la puerta a una vida plena y eterna. La religión no salvó al pueblo y solo cuarenta años después, en el 70 d. C. Jerusalén quedó convertida en un montón de ruinas. Eligieron la salvación política y esto los condenó a la nada.

Dios nos elige… y nosotros ¿lo elegimos a Él? Estoy segura de que tu respuesta es automática: “por supuesto que lo elijo”.  Esa también es mi respuesta, pero no siempre, no todos los días mi elección hace una diferencia en mi propia vida, en mis pensamientos, decisiones, y amor por los demás. Porque elegir a Dios es elegirlo todo el tiempo, y esto tiene una connotación e impacto cada día en mí y en quienes viven conmigo.

Quienes realmente eligen a Cristo deben ser reconocidos por los demás, a veces aun antes de abrir la boca.

El centurión de este relato que hoy compartimos, era un hombre diferente. Su piedad y fe no se demostraron solo cuando pidió la ayuda de Jesús, esto más bien fue el resultado de su fe.  Era corriente abandonar a los esclavos para que se murieran cuando ya no rendían en el trabajo. Pero la actitud de este centurión era fuera de lo corriente. Era un hombre profundamente religioso, y seguramente tenía más que solo un interés superficial para construir una sinagoga. Él había elegido un estilo de vida, creyó en el Dios de los judíos y eso lo hacía “reconocible” ante los demás.

—Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me atreví a presentarme ante ti. Pero, con una sola palabra que digas, quedará sano mi siervo.  Yo mismo obedezco órdenes superiores y, además, tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve”, y va, y al otro: “Ven”, y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace. Al oírlo, Jesús se asombró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, comentó: —Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.

Lucas 7: 6b-9 NVI

(Énfasis del autor)

Hoy el cierre de este devocional queda abierto para que lo hagas vos, y que escribas lo que el Espíritu Santo ministra a tu vida… quizás sí te ayude volver a leer el título: “Yo te elijo”.

 

Ruth O. Herrera

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